Un día más, el sol quema mi piel pero no brilla al horizonte. Nuevamente salgo tarde porque me he pasado la mañana inmerso en mis cobijas, almohadas, recuerdos y cansancio. He convertido mi cama en un altar al descanso del cuerpo y tortura del alma, pero eso solo es cuando estoy despierto en ella, cuando estiro tus recuerdos en mis ligamentos y una lágrima de pereza corre por mi mejilla.
Cuando duermo es una historia diferente, es por ello que permanezco en la cama francamente, no quiero despertar porque nada de lo que esta afuera me llama más la atención que lo que tengo dentro de mí. Ayer me quejaba de sentirme dentro de una película experimental de bajo presupuesto y hoy por la noche mi subconsciente en su infinita sabiduría me dio la mejor película de acción, con un camión checoslovaco piloteado por una nena (mejor descrita por el termino matricense “trinityforme”) persiguiéndome con una metralleta nada pequeña, cromada con acentos plásticos negros.
Me encontraba dentro de una limosina Mercedez Benz que acababa de abordar ya que en una trifulca mi amigo Mr. Shepard había sido asesinado por un grupo de malhechores hollywoodenses y ahora estaban tras de nosotros, Víctor, Carlos, yo y un chofer hindú (o tal vez era Carlos, no lo recuerdo tan bien, le prestaba mas atención a la atractiva nena con metralletota y camión asesino dispuesta a colectar nuestras almas que al ver quien diablos manejaba, llámenme distraído). El lugar es de lo más risible, una cuadra hacia el este del blvd. Solidaridad en Hermosillo a algunas cuadras norte del blvd. Luis Encinas.
En la persecución, entre vueltas y golpes automovilísticos pregunté por armas y antes de obtener respuesta divise algunas pistolas tras las cabeceras del asiento trasero, una resultó muy familiar, así que ni tardo ni perezoso abrí el quemacocos de la limosina, verifiqué el cargador, corté cartucho, quité el seguro y antes de realizar disparo alguno, la atractiva asesina cayó del camión frente a nosotros por factores que escapan a mi entendimiento, convirtiéndose en el tope más atractivo que he visto en cualquier pavimento (la próxima vez me dedicaré a ver la película, siempre me pierdo las mejores partes de las películas por ir al baño o por preparar pistolas de alto calibre, por lo menos vi cómo cayó debajo del auto).
Habíamos escapado de ella y su camión infernal, pero sabíamos que estábamos siendo buscados por todos los integrantes de esta banda cuya reputación, numero de integrantes o móvil para asesinar a Joe desconozco a priori. Fuimos a retirarnos a un lugar que parecía un restaurante desolado al este de Hermosillo, apenas estirábamos las piernas cuando un auto compacto gris, con un guardafango roto, pasó a alta velocidad, describiendo una parábola en la terracería rojiza alrededor del restaurante:
—¡No mames, ya nos encontraron!— dijo Constantino con su característica voz chilanga.
Desenfundé la pistola y un personaje, al parecer “redneck, rabioso, bajo los efectos de anfetaminas” se acercó amenazadoramente y con un tic nervioso que era más que suficiente para convencer a la Madre Teresa de Calcuta de jalar el gatillo (tomando en cuenta que está MUERTA!!) pero se detuvo al ver que le apuntaba otro tipo que daba más miedo por su aspecto calmado. Era de raza obscura, alto, brilloso, musculoso y armado: vestía camisa hawaiana como los de su estirpe, que suelen portar mágnums en climas tropicales. Nos apuntamos mutuamente y disparamos. Él tiraba un tiro tras otro, yo trataba de ser preciso en mi puntería. “FATAL”. No le di ninguno y me desperté: seguramente me masacró, lo cual me recuerda que debo practicar tiro al blanco (¿o para estos casos, tiro al negro?) porque uno nunca sabe cuando un grupo de mafiosos armados hollywoodenses acechará la integridad de mis preciados sueños.